Microrrelatos seleccionados 2026

Ganador:

«Historias de la abuela» de Gabriel Tricio

– Venga abuela, una historia de tus tiempos y me duermo.
– Mira que eres cansa Carmen, ¡con el sueño que tengo! Como des tanto la murga, el próximo día te quedas con tus padres. Pero bueno, te voy a contar.
Tu abuela tenía por entonces cerca de los dieciocho años. Era alta y muy estilosa. Había salido camino al Raso, aprovechando que no estaban mis padres, y me arreglé de un modo especial. Desde que salí de casa vi que la gente me miraba raro y que, tras mi paso, una estela de comentarios parecía bañarme la espalda.
• ¡Será golfa! Anda que hija mía no sale así de casa.
• ¡Pero quién se cree esta chiguita! ¡Qué par de hostias le hacen falta!
• Menuda zurriaga les ha salido a la Mari y al Antonio. Anda que si ‘el torturas’ levantara la cabeza…se va directo a la tumba por no ver a la nieta.
– Así llegue al Raso. Allí estaban mis amigas que me miraron con sorpresa.
– ¡Carmen, estás muy guapa! Y lo bien que has aprovechado las clases de costura.
– Aquel domingo me había vestido por los pies. ¡Llevaba pantalones!


Primera mención:

«Medicina natural» de Angélica Herreros

Termina su café quemándose la lengua y recorre a zancadas la distancia hasta el despacho, sorteando a los viejitos y sus andadores. Se quita la bata, se atusa la ropa y aún no se ha sentado cuando, como siempre, entra ella sin llamar y disgustada.
—No se puede imaginar, doctor, lo que ha pasado esta vez; han desaparecido mis fotografías y me las han cambiado por otras de desconocidos que no son de mi familia. Necesito mis cosas, ¿entiende? Y apunte también, doctor, para que le digan a mi madre que no quiero estar más aquí, que quiero volver a casa. Me esperan en el planillo mis amigas y tengo a medio bordar las sábanas del ajuar, ¿entiende?
—Quédese tranquila, tomo nota. Recuperaremos sus fotografías y mando recado a su señora madre. No se preocupe por nada.
La anciana sonríe al hombre, que le tiende la mano afectuosamente, y sale del cuarto.
Él vuelve a ponerse la bata, asegurándose con una rápida ojeada de que todo queda como lo encontró. Sale pitando: le queda aún toda la primera planta. Recupera su herramienta de trabajo y silbando, mientras empuja la mopa, se pierde por el pasillo.


Segunda mención:

«El monaguillo» de Carlos Medel Losantos

Ahora soy apóstata, pero en 1970 creía en dios. Sobre todo, en el dios del dinero.
Vivíamos en el Arrabal, así que nos tocaba muy cerca la catedral. “La misa de ocho” era una oportunidad para que los monaguillos ganaran una peseta. Yo era todavía pequeño para ello.
Había tres cosas que me encantaban del monaguillo: tocar la campanilla en la Consagración, beberse el vino que el cura dejaba en el cáliz y, sobre todo, la peseta que pagaban.
Un domingo, Vicente, el monaguillo oficial, no llegaba, así que me dijo don Ángel:
—¡Carlitos, ponte la sotana! Fui corriendo al armario de la sacristía y me vestí todo emocionado porque ¡me estrenaba! Y porque las misas de domingo pagaban un “duro”.
Justo cuando estábamos a punto de salir al altar, llegó Vicente exhausto de la “correndida” que se había pegado. —¡Quítate eso, que soy yo el monaguillo! —Me gritó.
El cielo cayó sobre mí. Eché a llorar… Don Ángel, que ya sabía de qué iba la cosa, se metió la mano en el bolsillo y me dio el duro. Ipso facto dejé de llorar.
Me fui corriendo a gastármelo a “la Tomasa”, la tienda de chuches de la calle Mayor.


Tercera mención:

«El mejor plano de La Universal» de Luis Díez Ansuriza

El traqueteo de la cámara de manivela rompió la monotonía de las conservas en «La Universal». Bajo la luz cruda del patio, una escogedora se atusó el cabello y sonrió a la lente; soñaba que un tal Chaplin, en la lejana América, descubriera su luz en aquel negativo de nitrato. El celuloide no registró el piropo del mozo del cesto, pero sí captó la mirada cómplice que ella le lanzó al volverse.
Noches después, en la penumbra del teatro, ella se vio gigante sobre la sábana blanca. Suspiró un imposible: «Si Charlot viniera a buscarme, le diría que sí». Tras ella, el muchacho guardó un silencio vibrante. Se caló la gorra con urgencia y salió a la noche fría del Cidacos.
Bajo una farola, una silueta de bombín y bastón recortó su sombra alargada sobre el empedrado. Ella se detuvo, con el corazón galopando. —¿Señor Chaplin? —susurró.
Él no habló; el cine mudo no necesita voz. Le ofreció una rosa, el único color que parecía sangrar en aquel mundo de blanco y negro. Se alejaron del brazo, perdiéndose en el fundido a negro de la calle, unidos por un plano que ninguna cámara alcanzó a rodar.


Seleccionados:

«Huérfanos: 1936» de Ernesto Ortega

En el nº 13 del Portillo de la Plaza nunca se oía llorar. Desde aquella noche en que los falangistas salieron a aullarle a la luna de agosto y se llevaron a los maridos de paseo, la calle paso a conocerse como la de las viudas. Yo los recuerdo a casi todos: Evaristo, José, Andrés, Julio… Los campos, abandonados y sin segar, también los echaron en falta.
En casa, las lágrimas, como las legumbres, eran un lujo. Mi madre decía que no podíamos permitírnoslas. Por eso se levantaba al amanecer para fregar los suelos de las casas de los vencedores. Aun así, nunca le salían las cuentas. Una vez le pregunté por los números. Cuántos éramos, cuántos faltaban. No me contestó. Pero yo ya sabía contar: hijos por esposas. El resultado siempre era el mismo. Huérfanos: 1936.
Con las cabezas rapadas y las rodillas llenas de costras, nos pasábamos el día jugando en la calle, como si no pasara nada, como si no supiéramos. Hasta que anochecía y mi madre me llamaba desde el balcón. Antes de entrar siempre miraba arriba. De todos los balcones colgaban las rosas y los crisantemos que no podíamos llevar a sus tumbas.

«Al otro lado de la tarde» de Ernesto Ortega

Estábamos en ese lado de la tarde: el que empieza al salir del colegio y no pide nada a cambio. Matábamos el tiempo jugando a policías y ladrones, mientras nuestros padres se dejaban la salud en la fábrica y en el campo y nuestras madres se encerraban en la cocina.
El que tenía un duro compraba pipas en el Perico. Nos las comíamos sentados en los ventanales de Ibercaja, burlándonos de las chicas que salían del instituto. Y si entre todos reuníamos una moneda de veinticinco, nos la gastábamos en el futbolín de los billares del pasaje.
Después, apostados en la calle de las Cavas, esperábamos la furgoneta de la Coca-Cola. Frenaba. Corríamos. Huíamos con el botín en las manos.
Luego, en la Era Alta: el azúcar en la lengua, la excitación en la mirada. Rodillas sucias. Parejas en los bancos, aprendiendo a besarse sin saber que las espiábamos.
Inocentes, volvíamos al anochecer a nuestras casas, sin saber que muy pronto seríamos nosotros los observados, los torpes en el beso, los hombres de las fábricas y las furgonetas, los que un día cruzaríamos, sin darnos cuenta, al otro lado de la tarde.

«Signatura topográfica» de Angélica Herreros

Discutieron hasta que oscureció. Los eternos reproches intensificados por el dolor de la muerte del padre habían hecho saltar por los aires el maltrecho puente que los unía, así que suspiró agotada cuando su hermano salió de la casa dando un portazo.
Deseaba resolver pronto todo el papeleo, zanjar los asuntos pendientes y volver a Madrid: dejar atrás Calahorra para siempre, libre del peso de la culpa, aunque él nunca le recriminara nada.

Vámonos, se dijo.
Mientras se ponía el abrigo, descubrió sobre la mesa un libro de tapas azules. No mires atrás, Biblioteca Municipal, leyó en el lomo. Debería haber sido devuelto hace meses… Ojeando sus páginas, sintió los ojos de su padre mirándola una última vez. Vámonos, se repitió.
Guardó el libro en su bolso y se marchó.
A la mañana siguiente, cruzó decidida la corta distancia que separa la biblioteca del Parador, donde se alojaba desde su llegada. Entró y, como no quería dar explicaciones en el mostrador, subió directamente las escaleras. En el primer estante donde vio un hueco introdujo el libro. Quedó entre dos títulos que parecían estar esperándolo.
Dio un paso atrás y leyó:
Donde el corazón te lleve.
No mires atrás.
Vuela alto.

«Okupas» de Bernardo Herreros Losantos

Dicen que para ser escritor hay que tener una imaginación desbordante. Pues en mi caso el desbordamiento ha sido catastrófico. Desde que empecé a pergeñar una novela histórica ambientada en Calahorra, personajes de toda época y condición han escapado a mi control convirtiendo mi casa en un pandemónium.
Mi familia se ha tenido que marchar. A ver dónde iban a dormir las niñas si en su habitación Quintiliano ha montado una escuela de retórica para peluches.
Por el pasillo desfilan cuatro legionarios de la VI Victrix, han encerrado en el baño a unos falangistas que no paran de increparles: ¡Abrid, malditos rojos!
Lo de la cocina tiene más peligro. A saber qué se le ocurre cortar a la Matrona después de destrozar el jamón a golpe de cuchillo.
Por no hablar del señor que ha despiezado las sillas del salón y anda a martillazos montando lo que parece un rudimentario helicóptero.
Y menos mal que no llevo bigote, porque una mujer muy enfadada amenaza con arrancármelo cuando nos cruzamos.
Abandono el proyecto de la novela.
Voy a meter a toda la cuadrilla en un microrrelato y lo enviaré a los Amigos de la Historia.
Que los aguanten ellos.

«Kalagorri» de Luis Diez Ansuriza

Eran tiempos de clanes y conquista. Los antiguos vascones llegaron bajo una luna de sangre y ganaron el cerro; el amanecer les dictó el nombre de su nuevo hogar: Kala-gorri, la Fortaleza Roja. Aquellos hombres sintieron la tierra como propia y forjaron un pacto de lealtad inquebrantable.
La colina latía con una determinación que ignoraría imperios. Levantaron murallas de barro y fuego, jurando que morir por aquel bastión era una deuda sagrada. Por eso, cuando llegaron los asedios, la ciudad se erigió como un altar purpúreo que nunca supo palidecer. Daba igual que avanzaran águilas romanas, medias lunas o cruces medievales; que los campos del Cidacos ardieran bajo el paso de los granaderos de Napoleón, el estruendo carlista o el desgarro de la guerra civil. Distintos estandartes, pero siempre el mismo caudal alimentando la ladera.
Sus hijos nacen con una certeza grabada en las entrañas: hay nombres que solo pueden escribirse con tinta granate. Hoy, el cierzo sigue barriendo el polvo, pero bajo la superficie la tierra permanece encendida. Espera, en un silencio de siglos, volver a ser el yunque contra el que se quiebre cualquier martillo que ose golpear a Calahorra.

«El sabor del asedio» de Luis Díez Ansuriza

Marzo de 1366. Guerra entre hermanos: cambian los estandartes, pero la sangre es la misma. Enrique es aclamado rey y Calahorra pierde su bien más sagrado: el realengo. Bertrand du Guesclin y sus Compañías Blancas exigen su precio; el monarca, quebrando nuestro fuero, entrega la villa al bretón como pago de guerra.
Pero el Concejo se alza unánime. Atrancan los portillos y niegan el pleito-homenaje. Ni un maravedí de nuestros pechos alimentará a un extraño. Entre los mercenarios corre un espanto: dicen ver en la niebla del Ebro a una mujer de ropajes antiguos, puñal firme y un brazo cercenado.
Me materialicé ante Du Guesclin en una noche sin luna, nacida de la ira de mis hijos. Acerqué mi filo a su garganta y le di a probar el sabor de un asedio eterno. Aterrado por mi sombra, el condestable prefirió el oro: vendió la villa de vuelta al Rey, cobrando por una libertad que ya era nuestra. Yo, la Matrona, sigo aquí; pues Calahorra no se compra ni se vende: su alma es un fuego que solo arde para los suyos.

«Armazones y ascuas» de Luis Diez Ansuriza

La ceca de Calagorre es un templo donde el tiempo se mide por el latido del yunque. El fuego funde el oro; pequeños cospeles calientes brillan en la penumbra, irradiando una pureza antigua. El rey nos confía su áureo poder y yo rezo a Dios para que guíe mi mano con precisión.
Coloco el cospel sobre el cuño inferior, ya fijo en el yunque. Mis dedos recorren el relieve invertido del monarca: el paludamentum, la fíbula, los rasgos que definen el orden frente al caos. La respiración se acompasa con el calor de la fragua. Todo es quietud; el tiempo se detiene.
Sostengo el cuño superior, sintiendo el peso del hierro en la muñeca. Levanto el martillo y, al golpear, exhalo con un impacto seco: toda mi maestría se vierte por el hierro para fundirse en el oro. Al separar el troquel, el paludamentum y la fíbula real emergen del oro con una nitidez que deslumbra. En el reverso, el nombre CALACORRE y el epíteto IVSTVS quedan grabados como un salmo sobre el metal. La moneda está lista. El rito ha concluido; el oro ya no es metal, es el poder de Suintila.

«La liturgia del yunque» de Luis Díez Ansuriza

El sol caía sobre las ruinas de Calahorra. Lo que alguna vez fueron calles adoquinadas ahora eran grietas donde brotaba la maleza. Entre los restos de la catedral, Julia revisaba su contador de radiación. Aún soportable.
Llevaba semanas siguiendo un rumor: una vid que había sobrevivido al Gran Colapso. Las lluvias ácidas y las tormentas de polvo habían arrasado con los viñedos de La Rioja, pero decían que, entre las ruinas del antiguo Museo de la Romanización, una raíz persistía.
Avanzó entre escombros y encontró el invernadero improvisado. Allí estaba: una sola planta, hojas pálidas, racimos diminutos. Se arrodilló y acarició el tronco áspero. En su mochila, una cápsula criogénica esperaba.
Un ruido. Giró en seco. Una sombra emergió de los escombros: otro buscador.
Eran tiempos de escasez. Una planta era más valiosa que una ración de alimentos o un poco de agua. Una vid significaba esperanza.
Julia desenfundó su arma. Había que jugárselo todo.

«Preguntas en el aire» de Álvaro Abad San Epifanio

Alessandro Bianchi nació en 1897 en un pequeño pueblo en el valle de los Abruzzos. Sus padres le pagaron unos buenos estudios y tras finalizarlos entró en la fuerza aérea italiana, donde se convirtió en un experimentado piloto de cazas.
Sobrevolaba Alessandro el Mediterráneo en dirección a España y meditaba sobre la misión encomendada. España estaba en guerra y las preguntas le golpeaban la cabeza, aturdida por el estruendo del motor del avión, aun siendo nuevo. El piloto había escuchado duras noticias del frente español, aunque él no iba a participar en el combate. Pensaba en qué llevaba a un país a romperse en dos, a matarse entre compatriotas. La Gran Guerra había dejado Europa hecha una ruina y España, que se había librado, parecía tener envidia de aquel desastre. Se preguntaba Alessandro qué pasaría en Italia si un conflicto civil sucediera allí, se preguntaba si seguiría las órdenes y se convertiría en un héroe caído en el frente, o quizás en un rebelde de la resistencia.
Pero, sobre todo, se preguntaba por qué alguien destinaría un premio de lotería a regalar a un ejército sublevado ese caza que pilotaba, que llevaba “Calahorra” escrito en el fuselaje.

«Un trabajo brillante» de Álvaro Abad San Epifanio

El anuncio aseguraba que una sola gota producía tanta espuma que toda la vajilla quedaba limpia y reluciente, y con un rápido cálculo de adolescentes aburridos, -nada más peligroso que unos adolescentes aburridos- , decidimos que unos cuantos litros serían suficientes.
Nos abastecimos en la tienda de los padres de un amigo, por supuesto ausentes, antes de partir hacia nuestro objetivo. Cada uno ocultaba bajo la ropa dos botes y una pequeña navajita. Sábado, dos de la madrugada, noche anterior al día de comuniones. Llegamos al Mercadal y escudriñamos la zona. Nadie a la vista. Rodeamos la fuente, apagada a esa hora, y a toda prisa rajamos los envases por la mitad. Doce litros de aquel milagro antigrasa se deslizaban al fondo y nosotros abandonamos agazapados la escena.
Por la mañana, el agua a presión y el lavavajillas recorrían las tuberías. Los chorros blancos que manaban los surtidores formaban un manto que desde lo más alto rebosaba lentamente en cascada. Niños y niñas de las comuniones se divertían entre la gruesa capa de espuma, aunque ese no era nuestro objetivo. La única intención, puramente altruista, era que la fuente del Mercadal quedara tan limpia y reluciente como la vajilla del anuncio.

«Paseando por el pantano» de Gabriel Tricio

Un domingo más salí de paseo con los prismáticos y mi cuaderno de campo hasta la Presa Romana y el pantano, donde estaban reparando una válvula y el agua se encontraba cercana al caudal ecológico.
El canto del jilguero bastardo amenizaba el solitario camino y las yasas horadadas por la erosión mostraban un terreno arcilloso y árido.
Me acerqué al agua y el andarríos chico vino a hacerme compañía. Mis pies se hundían a cada paso en el barro, así que me costó un rato salir con la mayor dignidad posible, esperando que no me viera nadie.
Para reponerme del esfuerzo, me senté en la orilla junto a un niño con un cuaderno que me resultó familiar. Le saludé, pero no me contestó. Entonces, unos somormujos que salían del agua llamaron mi atención y, cuando volví a mirar, el niño había desaparecido. Pero su cuaderno seguía allí. Con la misma pegatina de Mazinguer Z que yo tuve en mi viejo cuaderno de campo. Nervioso, lo abrí por su última página. Con mi letra estaba la fecha de aquel domingo y una anotación: “volví al pantano y entendí que algunas aves no migran en el espacio, pero sí en el tiempo”.

«Y mañana…» de Ana Cristina Escobés

Acababa de llegar a Calahorra. Sabía que era una ciudad tranquila y que aquí lo encontraría. Era un día soleado, pero iba a ser corto y no había tiempo que perder.
Comencé a buscar. A mi paso me topé con imponentes construcciones que emanaban historia; con entornos donde el verde y el correr del agua me deleitaban la vista y el oído; también con el ruido constante de los coches. Me tomé un tiempo para contemplar, pero no podía entretenerme demasiado. La posición del sol me iba avisando del correr del día.
Empecé a notar cansancio. De momento, no encontraba nada. Ni rastro de mis padres tampoco.
Las campanas de la solemne torre de la catedral me recordaban algo familiar. Al momento, sonaban las del convento de San José. Siempre debió ser así.
Necesitaba descansar. Decidí bajar al río Cidacos, así se llamaba. En su margen había buenas choperas, sauzales, tamarices… Y allí lo encontré, cerca de la catedral. Unas reformas y sería mi hogar por una temporada. Mi futura pareja y yo no tendríamos que viajar hasta el otoño.
Caía la noche. Crotoré con mucha fuerza. El nido era perfecto. Por fin, pude descansar.
Y mañana… San Blas.

«Kata» de Rubén Navajas

Cierro los ojos y lo veo. De espaldas. Caminando por cualquier calle de Calahorra con su alta figura inconfundible. Con su pelo blanco y su inseparable bandolera, en la que guarda el cuaderno, un par de bolígrafos y la cámara de fotos. Avanza con paso firme y seguro, el de las personas que siempre conocen su destino. Aunque quien lo observa nunca sabe si va o viene, porque nunca dejó de avanzar.
Lo veo de nuevo, ahora de frente, con su barba cerrada y sus gafas de sol que no consiguen camuflar una mirada un tanto seria, de quien siempre está buscando algo, atento a cualquier detalle que se salga de lo habitual. De vez en cuando saca la cámara y hace una foto. Y toma unas notas.
Lo veo sentado en su despacho repleto de libros. Escribiendo, primero a máquina y luego en un ordenador. Y siempre sobre su pasión: Calahorra y sus gentes, el latido diario del corazón de su ciudad.
Abro los ojos y veo la calle Grande vacía. Ya no está el hombre alto y canoso de la bandolera. Una fina lluvia cae sobre la ciudad. Calahorra te llora, Kata. Calahorra te echa de menos.